Pasé el primer año de mi vida confinada en una gasolinera encajonada entre montañas, a medio camino entre Villavicencio y Bogotá, donde recibía palos y pedradas día sí y día también. Cuando un carro me arrolló, destrozándome la cadera y las patas traseras, nadie me cuidó… Más bien me dejaron en una esquina esperando a que muriera de hambre. Pero el destino tenía previstos otros planes para mí: un día se cruzó en mi camino una viajera recién llegada a Colombia, sin experiencia con perros y con la vida menos rutinaria de la tierra. Aunque el veterinario recomendó sacrificarme porque no iba a volver a caminar, ella, en un destello de solidaridad animal, cometió la locura más grande de su vida, y me dio una oportunidad.

 

Así es como –con mucho esfuerzo, grandes dosis de paciencia, bastantes medicinas, toneladas de cariño, lágrimas, y muchos trocitos de jamón- pasé de ser una perrita salvaje, profundamente miedosa, triste y desconfiada; condenada a vivir, inválida, en un espacio de tres metros cuadrados; a convertirme en una auténtica Lindiana Jones que, con la espalda en forma de “S” y una pata suelta, recorre el mundo defendiendo a su mamá de todas las amenazas que la acechan, habitualmente vacas, iguanas y patinadores. Pero no creas que mis competencias acaban ahí: también esperar por horas a la puerta de la tienda y detectar pescado podrido con el que perfumarme a miles de kilómetros de distancia.

Te presento a mi manada artística
2
Enfermedades parasitarias en sangre
12
Paquetes de pañales al año
18
Cambios de residencia con mi mamá desde la gasolinera
3
Fumigadas profesionales por plaga de pulgas
7
Fugas para buscar a mi mamá
38
Garrapatas que me encontró en nuestro primer viaje juntas